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Primera edición de El Periódico de Cartagena

Primera edición de El Periódico de Cartagena

Con este titular salió a las calles el 6 de mayo de 1995, hace 20 años, El Periódico de Cartagena, “respuesta a un anhelo de encontrar equilibrio y análisis en las noticias”. Era una apuesta arriesgada para generar una alternativa informativa en una ciudad que la necesitaba entonces tanto como hoy.

El diario, de circulación local, se gestó por iniciativa (en 1984) de Manuel Domingo Rojas, Enrique Pacheco y Antonio J. Olier, a la que se sumaron Haroldo Calvo, Raúl Manzur, Oscar Teherán, Alberto Marenco, Julio Bustamante y Álvaro Moreno, en un proceso que duró más de 10 años y que reunió finalmente una junta de 35 accionistas de diversas esferas de la vida urbana de la ciudad.

Antes de su salida, durante más de dos meses, un grupo de jóvenes periodistas y aprendices, y unos pocos veteranos, bajo la orientación del director Haroldo Calvo, el jefe de redacción Álvaro Anaya, y el coordinador Jorge García Usta, nos preparamos para escarbar la entraña de la ciudad apartando vacas sagradas, pisando callos, contando historias, dando voz a los callados, queriendo narrar la aldea.

Yo era, entonces, una estudiante de Derecho con facilidad para redactar y urgida de empleo: acababa de renunciar, hastiada, a mi primer trabajo: un “medio tiempo” como dependiente judicial en una oficina de abogados que creían que el aprendizaje del ejercicio compensaba lo que el salario no.

Jorge García Usta, siempre solidario y amigo, me consiguió una entrevista con los directivos de El Periódico: faltaba poco más de un mes para la salida al ruedo, y necesitaban cubrir la vacante que dejó una colega que no se decidía entre ser abogada, periodista o poeta; Jorge se arriesgó a un segundo fracaso proponiendo mi nombre para cubrir Judiciales (fiscalía, tribunales, juzgados, entes de control): “No me haga quedar mal, mi doctora”, me dijo. Era la puerta que necesitaba para salir cuando quisiera del Derecho, gracias al Derecho. Y lo hice definitivamente 12 años después.

Así llegué al primer equipo que estuvo conformado por:

Ciudad: Heber Zabaleta, Doris Díaz, Ever Palomo

Su opinión cuenta: Jairo Baena, Ruddy Teherán

Economía y Negocios: Ernesto Matos, Aarón Espinosa

La Región: Juan Carlos Díaz

Política: Gonzalo Posada

Judicial: Carlos Carrillo, Gina Ruz

Cultural: Maria Helena Trujillo, John Junieles

Deportes: Liney Escorcia, Freddy Jinete

Internacional: Tadeo Martínez

Magazín Dominical Solar: Jorge García Usta

Revista Balcón: Tania Díaz

Nuestro Tiempo: Martha Bajaire, Socorro Gómez

Farándula: Cristina Mendoza

Reportería gráfica: Libardo Cano, Claudia Fortich, Rafael Polo

Asesor de diseño: Vladimir Flórez “Vladdo”

Editor Gráfico: Virgilio López

Corrección de prueba: Joaquín Robles

Ilustraciones: Alberto Sierra, Luis Durier, Alberto Vivanco.

El equipo inicial.

El equipo inicial.

Más adelante se vincularían Juan Carlos Cerón, Óscar Castillo, Leonardo Herrera, Wilfred Arias, Zenia Valdelamar, Frank Patiño, Augusto Otero, Lorena Muñoz, Juan Carlos Guardela, Esmeralda Rojas, Fredy Muñoz, Juan Manuel Buelvas, Ángel Romero, entre otros.

En los casi dos años que circuló El Periódico -con buen contenido pero poca pauta- fueron muchas las anécdotas, los momentos difíciles, las gratificaciones, los aprendizajes. La historia de lo que significó en la Cartagena de entonces y su periodismo está por escribirse.

Por lo pronto, y a propósito también de la conmemoración de los 10 años de fallecido de Jorge García Usta (1960-2005), que comienza con un reconocimiento a su obra periodística este 7 de mayo en Cartagena, reproduzco apartes de su columna de opinión La raya en el agua, en el primer aniversario de El Periódico:

El oficio del periodista ha sido considerado, por los especialistas del ensueño, como el oficio más hermoso del mundo. Es una tarea tentadora: a diferencia de otros oficios, dispone de la ilusión de que el mundo cambia todos los días y de que ante nuestros ojos, como por una vitrina de muñecas preciosas, pasa eso que algunos llaman historia. Pasa a una velocidad deslumbrante, a veces cegadora.

El periodista tiene el deber de creer que está en acción ante el mundo todo; su voluntad de trabajo es de naturaleza pública y todo le hace pensar que, de alguna forma, su oficio tiene algo de magia, algo que rompe la línea normal de lo cotidiano, de las certezas del aburrimiento, de los designios del tedio. Ese algo lo lleva, también muchas veces, a creerse una pequeña deidad, que forja prestigios, decide verdades y enciende luces en el camino social.

Mucho más, si escribe en la página editorial, el espacio rodeado de mayor prestigio por una jerarquía histórica que durante muchos años decidió establecer temas mayores y menores, figuras y personajes mayores y menores: una separación aristocratizante, a veces patética, siempre equivocada. Hoy sabemos que nada de eso es cierto: que detrás del flamante hombre público puede haber apenas un tribuno de parroquia, que detrás de la columna moralizante se puede esconder una inmoralidad insatisfecha y que en el sedimento humano del carretillero puede esconderse una historia sobrecogedora.

En el caso de Cartagena, la prensa acogió, como costumbre o como fórmula de comodidad, la práctica de convertir su página editorial en una inamovible colección de momias. Un camposanto de ilustres perogrullos. Se enviaban saludos descarados, como en algunos paseos vallenatos ripiosos. O se hacía de la columna, una verdadera exhibición de dudosa erudición greco – latina. Aquello –si uno se asoma, sin embarazo y hasta con alegría, inclusive con inocencia a esas páginas- era la más deliciosa forma de chantaje social, mediante el cual algunos pro-hombres, plagados de racismo y gerundios, dictaban la conducta de la villa (…)

Periodistas jóvenes –con todo lo que eso significa- han comenzado a convertirse en ejes de una actividad que ya no puede mostrar como trofeos, el editorial categórico que tramita favores personales o grupistas, la crónica llena de necedades (y perezas) verbales y tics garciamarquianos, la noticia unilateral llena de sesgos. Los tiempos deberían ser otros”.

Sí, los tiempos deberían ser otros.

El equipo de redacción, dibujado por Alberto Sierra.

El equipo, dibujado por Alberto Sierra.

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Diego Maradona, México 86

Diego Maradona, capitán de la selección argentina, levanta la copa del Mundial México 1986.

Sí, alguna vez amé el fútbol. Y la final del mundial de este domingo, entre Argentina y Alemania, me ha hecho recordar cómo comenzó todo.

El primer mundial del que tengo una vaga memoria es el de España 1982, por la serie animada de Naranjito, la mascota del mundial, producida por RTVE y retransmitida por la televisión colombiana.

Ese año, seguramente por haber ganado el campeonato nacional, el América de Cali se convirtió en el equipo de mis afectos y pesares, sólo compartidos con el Unión Magdalena durante los tres años que viví en Santa Marta.

En 1986, mientras el América escalaba hacia su quinto título consecutivo, con el protagonismo de los argentinos Ricardo Gareca y Julio César Falcioni, su paisano Diego Armando Maradona hacía diabluras con pies y manos en el mundial y yo, conquistada por la magia del Pelusa, me matriculé en la “albiceleste” que en mi televisor era blanca y gris.

Estadio Azteca, más de 100 mil espectadores, final de México 86 entre Argentina y Alemania: de mi lado Pumpido, Burruchaga, Ruggeri, Maradona, Valdano, Cuciuffo, Olarticoechea, Brown y otros que no recuerdo, dirigidos por Carlos Bilardo. En el lado contrario, Schumacher, Matthäus, Rummenigge, Völler y los demás, dirigidos por Franz Beckenbauer.

Mi padre, frente al televisor para no perder detalle del partido, hacía tajaditas delgadas de plátano verde y las freía en una pequeña estufa a querosene. A su lado, yo soplaba y comía, casi sin pestañear, viendo a mi equipo ganar su segunda copa mundial en un partido intenso y emocionante.

Era, no lo sabía entonces, nuestro último año juntos como familia. Al año siguiente, entre la enfermedad de mi madre, su costoso tratamiento, y las fallidas aventuras comerciales de mi padre, por ser la mayor de los tres hijos me mandaron a otra ciudad a vivir con mi tía Cande y su familia, gracias a quienes pude terminar los estudios y aspirar a ir a la universidad.

En Italia 90, un mundial soso y sin gracia, Argentina y Alemania se encontraron por segunda vez consecutiva en la final. Alemania ganó con un penal polémico, Maradona lloró. Este domingo, en Brasil 2014, es el tercer encuentro, el del desempate.

Por sobreexposición involuntaria al fútbol, casi tortura (los mismos goles cien veces, eternas polémicas, programas deportivos por radio y televisión mañana, tarde y noche, comenzando a las 6 a.m. con la voz de chicharra de Carlos Antonio Vélez  –lo recuerdo y me estremezco-), mi amor por el fútbol se convirtió en fastidio y luego en fobia prolongada. Sólo la campaña de la Selección Colombia en este mundial me hizo vestir de nuevo camiseta (amarilla), y gritar gol como en los viejos tiempos.

Messi no es Maradona (dicen que ya está cerca, sobre todo si gana esta copa), ni esta Selección me emociona como la de entonces, pero este domingo estaré con ellos, pase lo que pase. Y estaré con la memoria de mi padre haciendo tajaditas, una imagen de mi infancia que me reconcilia con su recuerdo.

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