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Archive for the ‘Una fotografía’ Category

Familia indígena en la Sierra Nevada de Santa Marta. Foto: Gina Ruz.

Octubre 12, Día del Descubrimiento

En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,

descubrieron que vivían en América,

descubrieron que estaban desnudos,

descubrieron que existía el pecado,

descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,

 y que ese dios había inventado la culpa y el vestido

y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.  

Eduardo Galeano, Los hijos de los días

.

El 12 de octubre, que se ha “celebrado” como el Día de la Raza, del Descubrimiento de América, del Encuentro de dos mundos, es cada vez más una fecha de reivindicaciones sociales y políticas.

En diversos países de América Latina hay marchas, concentraciones y espacios de reflexión contra la colonialidad, ese rezago del colonialismo que produjo las discriminaciones sociales que hoy son raciales, étnicas, antropológicas o nacionales, y que fueron asumidas como fenómenos naturales y no de la historia del poder (Quijano).

Hoy, 520 años después de la llegada de Cristóbal Colón a estas tierras en su cruzada de muerte, expoliación y evangelización, se realiza en los pueblos indígenas del Abya Yala -“tierra madura”, nombre originario en lengua Cuna de nuestro continente- la V Minga Global por la Madre Tierra, en defensa de la diversidad biológica y cultural, por la libre determinación para decidir un modelo de vida propio y por la construcción de un nuevo paradigma civilizatorio alternativo al saqueo, la depredación, la acumulación.

Esas reivindicaciones parten de la visión de que el planeta es uno solo y que no es sustentable cuando se antepone el capital a la vida. Implican la incorporación de la diversidad cultural como el eje de cualquier discusión sobre el desarrollo, y la construcción colectiva de un nuevo paradigma civilizatorio.

Según la Constitución Política de Colombia “El Estado reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la nación colombiana” y a partir de esa declaración se ha desarrollado un estatus especial para las comunidades indígenas.

En Colombia, el Censo del DANE registró en 2005 1.392.623 indígenas pertenecientes a 87 pueblos o etnias, lo que hace del país el tercero con mayor diversidad étnica en América Latina. Los departamentos de La Guajira, Cauca, Nariño, Córdoba y Sucre, concentran el 65,77% del total de la población indígena.

Pese a los avances en materia de reconocimiento de derechos (estrategias de atención diferencial, acciones afirmativas, discriminación positiva), los aborígenes colombianos siguen padeciendo de marginalidad política, social y económica, desplazamiento forzado, violencia, riesgo de exterminio por el conflicto armado, altos índices de pobreza y bajo nivel educativo, dependencia estatal y paternalismo oficial.

Al tiempo, sus territorios son depositarios de recursos estratégicos explotados o en vía de serlo por proyectos agroindustriales, mineros e hidroeléctricos que ponen en peligro su cultura, su identidad, su relación con el territorio. Lo hemos visto recientemente en los reclamos por el proyecto de desviación del Río Ranchería en zona wayuu, la resistencia de los indígenas del Cauca a estar en la mitad de la guerra víctimas de uno y otro bando y sus reclamos por la tierra, la vulnerabilidad de los indígenas del resguardo Caño Mochuelo en Casanare y del resguardo embera katío Quebrada Cañaveral en Córdoba, el proyecto de hotel de lujo en el Parque Tayrona en perjuicio de los arhuacos, por sólo citar algunos casos en los que entran en conflicto diversas visiones del desarrollo.

En estos casos, ese reconocimiento y protección del que habla la Constitución no parece tomar en serio la diversidad cultural, que requiere penetrar en las diferencias culturales y superar los estereotipos externos del atraso, la inferioridad, el aislamiento o la exotización y el tradicionalismo.

Como bien lo señala Miguel Bartolomé, la coexistencia de culturas diferenciadas requiere lograr un diálogo intercultural que estimule el enriquecimiento mutuo, no la segregación ni el conflicto, y que promueva la articulación igualitaria a través de la diferencia, no de la negación.

520 años después estamos ante una suerte de juego de espejos que refleja el pasado y el presente, el colonizador que oprime y arrasa con la espada y la cruz, el nativo que lucha por su autonomía y dignidad y se resiste, el choque religioso y cultural, la lucha por el oro y el agua. Y también por la tierra y lo que ella contiene y produce.

Hoy también numerosas organizaciones sociales, estudiantiles, sindicales, protestan y se movilizan. En últimas, sigue siendo la búsqueda de la “liberación social de todo poder organizado como desigualdad, como discriminación, como explotación, como dominación” (Quijano).

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Foto: Gina Ruz.

El agua salada, que todo lo cura, nos rodea en esta tarde de enero mientras comienza a oscurecer sobre el mar. Otra puesta de sol, una más de decenas, no tan bella como la primera del año en este mismo lugar. Me he dicho que no saldré corriendo a buscar la cámara fotográfica, pero no consigo hacerme caso.

La escena me es familiar: mientras enfoco y disparo una y otra vez al horizonte, los visitantes –cartageneros en su gran mayoría- salen del agua, se secan, se visten, se sacuden los pies, y se van descargados de la semana, y cargados de sol y de sal.

Los que se quedan -cartageneros también, sobre todo niños y jóvenes- juegan en el mar, corren por la playa o montan bicicleta. Otros recogen las botellas de cerveza vacías y los platos con sobras de pescado y pedazos de patacón; guardan mesas, chinchorros y sillas, apagan la música y vuelven a sus casas a unos pasos de allí.

Es un pueblo que sobrevive, entre el Mar Caribe y la Ciénaga de la Virgen, de la economía informal, la pesca de lo poco que les dejan los grandes barcos, y el turismo. Se inunda cada vez que llueve, y está apretujado entre edificios de paredes blancas y vidrios azules: un “progreso” que ha arrasado con gran parte del mangle, de la playa pública, de la gente, en este corregimiento al norte de Cartagena.

Receptores de los desplazados de Punta de Icacos, Pekín, Pueblo Nuevo y Boquetillo, en 187 años desde la llegada de las familias Acosta y Puerta han resistido litigios con la Iglesia, el Estado, los constructores, los dueños de hoteles, los nuevos invasores.

La Boquilla es para mí el primero de enero con la familia; Samuel descubriendo con su mirada de cinco meses esa inmensidad que lo abruma; correr detrás de un balón con Manuel; celebrar un cumpleaños sorpresa con mucha música, charla, cervezas y el amor de los amigos de siempre; asolearse con la amiga que viene a quitarse un poco del frío de su ciudad; deleitarse –en compañía de los nuevos amigos- con los mariscos y el pescado, hechos por manos expertas, hasta quedar listos para una siesta de dos horas en hamaca.

¿Qué más se puede pedir? Que La Boquilla siga allí. Y la única esperanza es que tenga la titulación colectiva de esas 123,5 hectáreas para sus 10 mil habitantes, y así protegerlas de la venta indiscriminada que, por obra y gracia del mercado inmobiliario, culminaría en un desplazamiento total. Sin embargo, no todos los boquilleros están de acuerdo, algunos se oponen a la titulación porque prefieren disponer libremente de su posesión: son terrenos donde el metro cuadrado sin construir oscila entre 5 y 7 millones de pesos.

Si no se protege legalmente el territorio que aún no se han tragado los edificios, en algunos años poco quedará de ese poblado pesquero donde una puesta de sol común y corriente se convierte una hora después en este atardecer inolvidable.

Para que La Boquilla siga estando allí, y celebre cada junio sus fiestas de San Juan Bautista y del Pescador, para que el pequeño Jair y los demás aprendices de la Escuela de tambores de Cabildo puedan encontrarse cada sábado a ensayar sus obras, para que los niños y niñas corran, jueguen, naden, para que los cartageneros y cartageneras tengamos una playa que sintamos nuestra…

O, simplemente, para vivir otro anochecer arrebolado de enero que encienda los sentidos.

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